El Felizómetro

Había pasado miles de milenios desde la primera existencia humana. El mundo en el que antes se encontraba en crisis, guerra, pobreza, el que vivía de promesas, se había transformado en el lugar más pacífico de todo el universo. Todo lo malo, era cosa del pasado ya que reinaba silencio y la tranquilidad. Todas las naciones del mundo se habían unido en un único estado, “estado de felicidad”. Las cárceles no existían, todos tenían distintos trabajos pero no cobraban pues no existía una moneda, lo hacían por querer.

El estado de felicidad estaba tan avanzado que le ponían un chip a cada bebé recién nacido; un chip que los ayudaría a ser felices, el felizómetro. El felizómetro se encargaba de aconsejar al portador para que éste fuese más feliz. Pero no solo eso, sino que también tenía una escala de medida que determinaba cuan feliz era la persona. Era una escala que iba del -100 f al +100 f, la “f” significa “feli” que es el nombre de dicha escala. Teniendo en cuenta esto, si tenías un porcentaje en positivo, significaba que eras feliz. Mientras que más te acercabas al +100, más feliz eras ¡Increíble! ¡Ahora las máquinas ayudaban a la felicidad de la humanidad!

La mujer estaba sirviendo la comida cuando el felizómetro le dice “si haces unos pasos al costado, te ahorrarás viaje y eso te hará más feliz”. La mujer hizo lo que le ordenó la máquina y ésta le dijo “muy bien, tu felicidad está en +87”. La mujer agradece por dentro al chip, estaba tan feliz, ¡estaba tan cerca de la absoluta felicidad! Así pasaron los días, y la mujer se iba acercando más y más al +100. “Ponete el vestido blanco marfil”,  91… “Sonríe, que la vida es una”, 94… “No tenías que decirle eso a tus hijos ¿Qué van a pensar los demás?”, 89… “Comprá decoraciones blanco perlado, es el mejor blanco, el blanco es el color de la excelencia”, 97… “Comprá más verduras”, 98… “Sonreí más”… 99…

100 “¡Felicitaciones!” le dijo la voz robótica “has llegado a lo más alto de la escala de feli, sos plenamente feliz”. La mujer festejó durante días junto a su pareja y a sus hijos, hicieron fiestas y compraron más cosas blancas. La perfección fue la clave de su felicidad… Pero al pasar de los días, luego de toda la fiesta, la mujer comenzó a sentir incomodidad en el pecho. No le hizo caso, pues ¿Qué podría ser? Pero esta molestia persistió durante mucho tiempo. Esta molestia le hacía tener sueños y se despertaba a la noche, gritando, sobresaltada y cubierta de traspiración. Un día se despertó y pegó un grito tan fuerte que el felizómetro le bajó un feli, dejándola en +99. Ahí fue cuando se preocupó y decidió ir al doquefeli, el doctor de la felicidad. Sin embargo, el doctor no entendía su preocupación, pues tenía 99 feli, era casi plenamente feliz. Le digo que se relaje y que vaya a la casa a descansar, que quizás eso era lo que le traían los malos sueños.

Ella hizo lo que le dijo, sin embargo los sueños persistían y estos malestares comenzaron a aparecer en la cabeza. Estos dolores le imposibilitaban moverse, entonces su felizómetro decayó radicalmente. Al cabo de unas semanas, tenía 57 feli. Volvió a ir al doquefeli, lo halló sorprendido, porque en la mayoría de las veces cuando alguien llegaba a esa puntuación de feli, no solía descender por debajo del 90 f. Por eso, le recetó una pastilla para regular su felicidad, el  felicitril.  “Dos felicitriles diarios y en un mes, volverá a donde estaba” le dijo el médico. Así fue, sin embargo, nada hacía que aumenten los feli de su escala, es más, había descendido a 33 f. Y cuando descendió a 12 f, la tuvieron que hospitalizar por una sobredosis de felicitriles. Todos estaban preocupados por ellas, menos ella misma. Estaba tan enojada y frustrada, no era su culpa soñar y tener tanto dolor en el cuerpo.

Cuando llegó a -1 f, su esposo llamó a los felícitos, la policía de la felicidad. Porque cuando uno descendía del 0, ya no era feliz y tenía que ser internado en un manicomio. Ese mismo día la llevaron, a la fuerza, como una psicópata. La encerraron y le hicieron todo tipo de terapias, incluida la de electroshock. Pero ella sufría, era una marginada, era una pobre alma que quería ser feliz, pero que se encontraba encerrada en los parámetros del felizómetro. Nadie la podía ayudar, aunque todos en ese espacio le tenían un inmenso cariño.

Después de un año en el centro, su felizómetro marcó el -100 f, y de allí no había retorno. Estaba sumida en una profunda tristeza cuando le sacaron el chip y la enviaron a isla cerca del trópico del Ecuador. La tiraron allí, como sino importara y se fueron. Entonces fue cuando salieron personas con ropas de colores, con diferentes peinados, lenguas y tonos de piel. Ella estaba pasmada y asustada. Uno de ellos salió de entre la multitud y le dijo:

“Bienvenida a la isla infeliz, acá vas a ser libre y feliz”.

Franco Nieva

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