Paco y el teatro

Su nombre es Paco, es un muy bien llamado “pibe de barrio”. Es joven, tendrá unos veintipico de años. Es de esos marginados de la sociedad, de esos que fueron pateados por la vida. Es de estatura mediana, ojos negros y profundos y cuando habla se siente como si las palabras no quisieran salir, como si tuviese miedo a hablar.

Es hijo único, su mamá falleció cuando él era chico, así que solo tiene a su papá. Este estuvo gran parte de su infancia y adolescencia trabajando, para poder mantener a su hijo. Ellos nunca pasaron hambre, pero a veces la plata les hacía falta y mucho.

En la escuela, hablaba poco y nada, todos los chicos hablaban poco y nada, pues estaban cansados de la vida que les tocó. La escuela no era un lugar lindo, era un lugar lleno de filtraciones de humedad, lúgubre y un poco abandonado, como Paco.

Él nunca supo cómo, pero un día a los dieciséis años, lo probó por primera vez con unos “amigos” colegio, “amigos” porque él no tenía amigos. Desde ese momento toda su vida cambió rotundamente, no volvió a ser lo mismo. Se pasaban horas bajo el efecto de la toxina ¿por qué? Porque no tenía nada más que eso, porque en su vida tan solo había un gran vacío que no se podía llenar con nada. Por eso, nunca se saciaba, siempre quería más y más, porque el vacío seguía allí, el sinsentido aparecía por doquier en su vida. Tan solo había un gran abismo en su interior que quería ser amado, que quería ser alguien…

Una parte de él, en lo más recóndito de su ser no le gustaba, no le gustaba ni el olor, ni el momento, ni el efecto. Pero Paco estaba tan consumido por su dolor que no podía escuchar a esta parte, porque lo único que tenía Paco en la cabeza era querer alivianar su dolor. Por eso consumía, porque no conocía nada más.

El padre estaba desesperado, no sabía qué hacer. Entonces un día, llevó a Paco a un centro gratuito, donde había personas como él, con sus mismos problemas. Este no pudo objetar, ya que no estaba en sí mismo para hacerlo.

Desintoxicarse no fue fácil, ninguna de las tantas veces que lo tuvo que hacer. Porque seguía teniendo algo que no se curaba, que no cerraba, algo que lo tiraba dentro del abismo una y otra y otra y otra y otra… vez…

Un día, en el centro de día de siempre, antes de que volviese a caer nuevamente, apareció un nuevo terapista para las reuniones de grupo. Este psicólogo trajo una nueva propuesta, el “psico-teatro”,  Paco rió. Rápidamente, les dijo que se paren y que a la canta de tres, tenían que gritar lo más fuerte que puedan. Los pacientes estaban un poco inhibidos, pero el terapista comenzó a gritar y a larga, se le unieron, incluido Paco. Después, les hizo contar una historia y jugar y todos aunque sea un poco, se divirtieron.

Esa noche, Paco no pudo dormir, porque por primera vez en mucho tiempo se había entusiasmado. Por eso, estuvo toda la noche con los ojos mirando a la profunda oscuridad de su cuarto y la que estaba dentro de sí. En su interior, había un pequeñísimo destello de luz blanca. Al día siguiente, le contó a su psiquiatra de esta luz que halló, a lo que el otro le dijo “es esperanza”.

“El arte es la única fuerza superior opuesta a toda voluntad de negar la vida (…) el arte es la única fuerza superior opuesta a toda voluntad que no solamente percibe el carácter terrible y enigmático de la existencia, sino que vive y lo desea vivir”. Nietzsche (1981; 462)…

Cada día, Paco se internalizaba más en estas actividades, siempre pedía estar con el terapista que les hacía hacer esos juegos. Con él, pudo confesar muchas de las angustias que tenía dentro ¿cómo? Actuando, actuando de sí mismo, porque antes de poder actuar de otros, tenemos que poder actuar de nosotros mismos. Y por primera vez en mucho tiempo, dijo su nombre “Jeremías González” y agregó “Paco era una forma de llamarme, que me decían lo pibes con lo que me juntaba. Después todo me llamaba <Paco>, yo también”. Jeremías consumía tanto, que creía que él era el paco, pero no, Jeremías es un chico, como vos o como yo. No tuvo los privilegios como los que tengo yo, el narrador o los que tenés vos, el lector.

La recuperación no fue fácil, le llevó muchos años y mucho esfuerzo, pero se recuperó porque él lo deseaba. Porque en el teatro encontró su libertad y su identidad, en el arte encontró la manera de llenar ese vacío. El teatro hizo que toda esa oscuridad que tenía dentro, se volviera luz, una irradiante luz que nadie ni nada podían apagar, ni siquiera el paco. Algunas veces pensó en volver a consumir, pero en esos momentos él mismo y su psicólogo decían que tenía que ponerse a escribir una escena y lograba llenar ese vacío. Jeremías amó al arte y amar al arte es amarse a uno mismo, es atreverse a ver más allá. Amar al arte es encontrar el camino, amar al arte es el camino, amar a arte es poder amar y ser amado.

Elvira Sastre, poeta española, pronunció en uno de sus tantos poemas “existimos porque existe la poesía y viceversa”… Lo reformulamos: existimos porque existe el teatro, la danza, la música, el canto, la escritura, la pintura, la escultura… el arte. Existimos porque existe el arte y viceversa.

Su nombre es Jeremías, Jeremías González, le decían “Paco”, pero pasó tanto tiempo de eso que parece otra vida. Lo único que quedó de eso fueron muchas heridas que se sanaron con muchísimo tiempo y esfuerzo. Lo otro que quedó de ese entonces es un poco de dificultad para hablar y para encontrar ciertas palabras. Pero ahora, no hay nadie que lo frene, habla igual, no tiene miedo a equivocarse. Ahora está por entrar a una reunión de N.A., pero no va a recuperarse él, va a ayudar a que otros se recuperen ¡Shh! ¡Silencio! Que está por comenzar la reunión y no me lo quiero perder.

“Hola mi nombre no es Paco, es Jeremías, Jeremías González y ustedes no son lo que creen ser…”

Franco Nieva

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